Alma se tiene a veces...

“Cuando escribo siempre tengo la sensación de que alguien está detrás de mí haciendo muecas. Por eso huyo, todo lo que puedo, de las grandes palabras”, confesó alguna vez Wislawa Szymborska (1923-2012), la poeta polaca que ganó el Premio Nobel de literatura en 1996. Sin grandes palabras, con vocablos certeros y justos construyó una obra conmovedora y de impresionante lucidez, con una mirada asombrosamente despierta, capaz de encontrar en los obvios hechos y paisajes de lo cotidiano, los más profundos significados. Así, por ejemplo: “Alma se tiene a veces. / Nadie la posee sin pausa / y para siempre. / Día tras día, / año tras año / pueden transcurrir sin ella. / A veces solo en el arrobo / y los miedos de la infancia / anida por más tiempo. / A veces nada más en el asombro / de haber envejecido”. O así, en “Retrato de mujer”:

No sabe el porqué de este tornillo y construirá un puente.

Joven, como siempre joven, todavía joven.

Sostiene en sus manos un gorrión alirroto,

su propio dinero para un viaje largo y ajeno,

un mazo, una compresa y una copa de vodka.

¿A dónde corre? ¿no está cansada?

Que no, un poco, mucho, no pasa nada.

O le quiere o se empeña.

Por lo bueno, por lo malo y por el amor de Dios.

Y este bello tramo de “En elogio de mi hermana”:

En muchas familias nadie escribe poemas,

pero cuando no es así, rara vez es uno solo.

A veces la poesía fluye en cascadas de generaciones,

lo cual instala temibles remolinos en las relaciones familiares.

Mi hermana cultiva una decente prosa hablada,

toda su producción literaria está en tarjetas postales

que prometen lo mismo cada año:

que cuando vuelva,

nos va a contar todo,

todo,

todo.

Buscar los poemas de Szymborska puede ser una hermosa y balsámica tarea para el alma. Mientras tanto, viene a mí una frase de ella que refuerza cierta idea que me ronda en los últimos tiempos. “Al elegir, rechazo: no existe otro método”, dice. Y no hay nada que agregar.

Me he topado últimamente con gente (amigos, conocidos, personas circunstanciales) que sufren por quererlo todo sin relegar nada, o que se lamentan de lo que tuvieron que dejar de lado al hacer una elección. No aceptar los límites, la imposibilidad, la incertidumbre parece ser un mal casi epidémico de estos tiempos en que apelaciones perversas (desde la publicidad, la política o ciertas seudo terapias o seudo filosofías) alientan a rebasar los límites, a no admitirlos, a poder todo y a querer todo.

Pero no se puede todo, y menos todo lo que se quiere. Somos seres condicionados y limitados por naturaleza. Eso nos enseña a valorar, nos da noción de logro. Nos impulsa a construir proyectos. A cada paso, en cada minuto de cada día, aunque no lo parezca, tenemos que elegir. Elegir es prescindir, es despedirse de algo que ya jamás tendremos o que tuvimos alguna vez y desde ahora ya no. Elegir es priorizar. Elegir es explorarnos a nosotros mismos preguntándonos por nuestras verdaderas necesidades, obligándonos a distinguirlas de los simples deseos o de los caprichos. Elegir es mirar con atención porque sólo así sabremos qué elegimos. Elegir es hacernos responsables de nuestras acciones, de nuestras decisiones y de sus consecuencias, porque elegir es un ejercicio de autonomía y de conciencia del que no podremos culpar a nadie. Elegir es ser libre. “Al elegir, rechazo”, decía Szymborska con la misma contundente certeza que caracterizaba a sus poemas. Porque elegir es conceder para tener.

Cuando elegimos no sumamos. Restamos. Por esto es valioso lo que elegimos, porque debimos desprendernos. Elegir es hacer uso de la conciencia. El libre albedrío, nuestro don, no nos autoriza a tenerlo todo ni a hacer cualquier cosa. Nos habilita a elegir y ser libres. A rechazar para afirmarnos. A despertar y ejercitar la conciencia. A restar para ratificar nuestra condición humana.

Sergio Sinayhttp://www.vivisophia.com/index.php?option=com_content&view=article&id=5813:el-valor-de-restar&catid=76:sergio-sinay&Itemid=118

Atras   03.08.2014.