El lenguaje de la calle avanza como la peste

El malestar en el habla

(Osvaldo Baigorria) *

Está en las noticias, en declaraciones públicas y en figuras tradicionales del lenguaje de la calle. Ha vuelto de un breve exilio interno, quizá volver sea su destino. Claro que las buenas noticias rara vez son noticia, y que el periodismo informativo se alimenta del conflicto. Pero el relato del malestar no circula por un solo carril ni tiene causa única. En tiempos de crisis, este país ha conocido epítetos autodenigratorios que no suelen escucharse entre vecinos, quizá con la única excepción de Uruguay, aunque sin el mismo grado de virulencia, pesimismo o agresividad discursiva. Desde esta orilla, “todo mal”, “esto se va al carajo”, “se pudre todo” y “el país es una joda” son formas del decir que pueden ser redondeadas con una expresión definitiva e insustituible: “País de mierda”. Es difícil hallar una descripción más contundente para ese malestar que, si no es intrínseco de la cultura, está sin duda clavado en el centro del habla de los argentinos.

¿Se trata de formas sobreactuadas de la picaresca local, de alardes transitorios de cinismo? El autodesprecio también puede ser contracara de la arrogancia en un país que ha sido delirado como “granero del mundo”, “potencia” y “faro de la civilización europea en América latina”. De los granos a las heces, del comedor a la letrina. Una falla sísmica o costura desprolija se despliega y vuelve notoria la debilidad del tejido imaginario que hace de la “argentinidad” una marca identitaria de altivez. Es como el agujero negro, la perforación por donde se fuga y se pierde ese ego argentino tan vapuleado por chistes populares de países vecinos y lejanos.

Por supuesto que los componentes del relato del malestar tienen su genealogía, sus razones históricas, su autoconfirmación en cada una de las caídas, golpes, guerras, devaluaciones, hiperinflaciones, campos de exterminio y otras catástrofes en las que naufragó Argentina a lo largo del siglo XX. Más allá de lo exagerado o desmesurado de frases brutales con pretensiones de diagnóstico, habrá que conceder o comprender cierto carácter de reacción automática, como tics discursivos con anclajes en el pasado y también como gritos preventivos ante el miedo al desastre. En cierto sentido, la negatividad se ganó su derecho a la existencia en el habla vernácula. Pero lejos de ser reflejo o radiografía, sabemos que su erupción puede ocurrir en cualquier momento, bajo la influencia de la emoción (también violenta) y ante una mínima circunstancia difícil (personal o sectorial). “Todo está podrido”, “esto es una joda” o “ya no se banca más” puede ser escuchado a bordo de un taxi, en una cola para pagar impuestos o en el testimonio de participantes de una protesta, con lo cual el relato deja de tener consistencia apenas se modifica el clima que lo hizo emerger. Como un malhumor o un humor cambiante e inestable.

Lo cierto es que sus enunciados son difíciles de desmontar, matizar hacia la duda o la interrogación. En primer lugar, porque su modelo es la afirmación, esa “ley” del habla que proviene de la misma lengua, como lo sugirió la lingüística estructural. Y en segundo lugar, porque aquello que se afirma parece del orden de la histeria, de la queja. La lengua es asertiva, observaba Barthes, y esa ley de la lengua rige al discurso: si digo “el país” (o “el campo”), el país existe de derecho. Para deshacer su existencia o para ponerlo en duda, se precisa una marca particular (¿qué país?, ¿todo o una parte?). Si agrego “es una mierda” o “está podrido”, cierro el paradigma con un movimiento intimidatorio que no deja lugar a la réplica. Para refutar ese autoritarismo en el habla se necesitaría algo más que una enumeración de datos que prueben lo contrario. La enunciación no parece estar allí para ser discutida o matizada, para que se piense un problema o se llegue a un acuerdo sino para que se la apruebe a viva voz o se la acepte en silencio.

Desde fines de los años ’80, el “todo bien” importado de Brasil fue un antídoto que no logró deshacer realmente el pesimismo del “país de mierda”. Su uso fue restringido al ámbito privado, al de los intercambios de saludos, a la retórica más trivial o intrascendente. Incluso cuando se lo utiliza en forma de pregunta, como una afirmación disfrazada, ese optimismo formal impone el acuerdo de que no se van a tratar temas conflictivos o duros de resolver. Y lo mismo ocurre con el equivalente “¿todo tranqui?”. Ante el totalitarismo de esas afirmaciones sobre “el todo” (mal o bien) y ante la encerrona del binarismo implícito en el paradigma, habría que proponer desvíos suaves, mínimos, que desplacen el discurso hacia otra parte, fragmento o detalle poco visto. Hoy lo sabemos: podría estar peor. ¿O de qué hablamos cuando hablamos de “todo”?

* Escritor y profesor de la Facultad de Ciencias Sociales (UBA

Atras   22.05.2008.

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