Dejarse cuidar por el Inconsciente

(*) ¿Qué es un sueño? Esta pregunta tiene muchas, muchas respuestas. Pero quisiera apoyarme especialmente en una de ellas, que nos inclina a pensar en un aspecto del mundo interno que la Psicología suele dejar de lado: un sueño, con frecuencia, es la opinión que nuestro Inconsciente emite sobre diversos aspectos de nuestra vida. En principio, este enunciado implica una mirada sobre el Inconsciente que se relaciona con cómmo éste ha sido concebido originariamente por las Psicologías de Oriente, y, posteriormente, por autores como Jung, Assagioli, Frankl... Esta mirada nos dice que el Inconsciente tiene una inteligencia propia, y es desde ella que puede enviarnos información sobre nosotros mismos.

La Psicología Transpersonal (reuniendo las visiones de Oriente y de Occidente) nos señala la existencia de un Inconsciente profundo que está más allá de traumas, conflictos, complejos... La opinión de ese Inconsciente puede ser sumamente valiosa para nuestra vida cotidiana, pues en él se guarda no sólo lo que hemos reprimido, olvidado, o apenas percibido subliminalmente, sino también conocimiento no aprendidos que manan del núcleo de ese Inconsciente: la Esencia, nuestro Sí Mismo (y si nuestro Centro es una porción del Todo... ¿cómo no habría de conllevar un Conocimiento innato, más hondo de lo que podríamos imaginar? Es ese Conocimiento con mayúsculas el que busca un meditador, un monje, un Buscador del Camino...). Si, tal como dicen las Tradiciones de Sabiduría de distintos pueblos y culturas, el núcleo de ese Inconsciente trae a este mundo un Sentido, un Destino a desplegar, un crecimiento a gestar... ¿cómo no va a emitir distintas señales para corregirnos, advertirnos, sugerirnos, animarnos, esclarecernos...? Sería natural imaginar que lo hiciera todo el tiempo, para ayudarnos a direccionar nuestra vida! Y lo hace. Sólo que necesitamos aprender a escucharlo.

Si leemos un sueño, entonces, como una opinión que nuestro Inconsciente guarda acerca de determinados aspectos de la propia vida, (y estoy hablando, como Psicóloga, de algo bien lejano al pensamiento mágico), comprender ese material onírico (en nuestra vida personal y, desde ya, en el rol terapéutico y si lo ejercemos) será vital para reformular de qué manera se está viviendo (sobre todo en el área a la cual el Inconsciente aluda), y qué rectificaciones convendría hacer para no seguir incurriendo en el error, desplegar lo mejor de sí, completar lo faltante.

Recuperar lo que aún no se ha perdido

Veamos un ejemplo que me regaló un participante de un Seminario virtual sobre sueños, hace ya varios años: Ernesto (47 años, participante de Uruguay, gerente de una importante empresa láctea, casado, con dos hijos varones de 9 y de 11) soñó lo siguiente: “Voy por la ruta conduciendo mi automóvil a toda velocidad, -como, lamentablemente, suelo hacerlo, en mi ansiedad por no llegar tarde a las funciones laborales que desempeño en distintas sucursales de a empresa-. Sé que es domingo, y -dentro de la lógica del mismo sueño- me extraña, pues, aunque estoy vestido de traje y corbata, llevo en el asiento trasero una cesta con sandwiches y pequeñas cañas de pescar, como para ir de pic-nic; sin embargo, voy solo, sin mi mujer ni mis niños. Siento que no tiene sentido pasar un día de campo tan bello solo y vestido así, pero, en vez de detenerme, la angustia hace que pise más aún el acelerador, sin comprender bien hacia dónde voy ni por qué estoy solo. Entonces me doy cuenta de que por salir apurado como cuando voy a la empresa (aunque es domingo) me los olvidé: me olvidé a mi familia en casa! Me enojo mucho conmigo, y entre angustiado e iracundo (tiendo a ser irritable) quiero pegar la vuelta, retornar sobre la ruta hacia casa; pero al doblar, veo que el camino está totalmente obstruido por una infinita manada de vacas que impiden toda posibilidad de regreso, y que, ciegas e impetuosas, corren hacia mi automóvil para aplastarme. Estalla el air bag, presionando mi estómago y mi pecho. Despierto agitado y con gran angustia.”

Elijo este sueño porque su lectura resultó simple y a la vez muy movilizante para el soñante: si bien los símbolos que aparecen en un sueño casi siempre remiten al mundo interno de ese soñante (y, de hecho, las vacas de Ernesto, que trabaja en una empresa láctea desde hace años, no significarán lo mismo que para el presidente de un Banco en vez del gerente de una empresa láctea, ni tampoco para quien esté leyendo estas palabras), es muy común que el modo en que manejamos un automóvil o cualquier otro medio de locomoción esté representando la manera en que conducimos nuestra propia vida, al menos en determinadas áreas (lo laboral, lo afectivo, la relación con nuestro propio cuerpo...). Vemos, así, que el que conduce el automóvil es otro y no nosotros mismos, que la ruta está atascada, que el coche se ve desvencijado, que no sabemos cómo dominarlo o cómo frenar...

En este caso, resumiendo la elaboración que atravesamos para comprender el sueño a partir de las impresiones y sentires del soñante, lo que él comprendió como mensaje final es: “Si te empeñas en seguir corriendo de aquí para allá, pensando en la empresa todo el día y aún en tu tiempo libre, perderás a tu familia, te quedarás solo, y cuando quieras volver, será tarde: la empresa habrá pasado por encima tuyo y habrá aplastado tu vida personal y tu salud (¿sería el air bag un símbolo bien gráfico de sus inflamaciones intestinales que le generaban frecuentes dolores hasta en el pecho?).” Respecto de esto último, estoy segura de que la Dra. Patricia Garfield (investigadora de las imágenes oníricas que el Inconsciente construyen en base a micro-percepciones de los trastornos orgánicos del soñante, diría que sí).

Pasar a la acción lo comprendido

Dice desde hace milenios El Talmud: “Un sueño que no es comprendido es como una carta que no ha sido abierta”. Comprender verdaderamente un sueño no es sólo interpretarlo: una vez interpretado, necesitamos pasar a la acción eso comprendido. En este caso, Ernesto fue generando un viraje en la cantidad de responsabilidades que estaba dispuesto a asumir en la empresa, para pasar más tiempo libre con su familia. Curiosamente o no, las inflamaciones intestinales cedieron al disminuir el stress permanente. Pero hay algo en particular que Ernesto hizo que me gustó mucho: una vez que trabajamos con su sueño (a distancia, con compañeros de experiencia diseminados por distintos países, pero todos atentos a lo que su Inconsciente le había regalado), para tomar real compromiso con la “carta” que había abierto, remitida por su Inconsciente, al día siguiente hizo una reunión especial con su esposa y sus hijos, y les contó no sólo lo que había soñado, sino lo que había comprendido gracias a su Inconsciente. Les dijo también que esa cesta con sandwiches y esas pequeñas cañas de pescar eran idénticas a la cesta que preparaba su mamá cuando él era niño y salían con su padre y su hermanita menor algunos domingos, siempre hacia algún arroyo diferente, a disfrutar del sol, del cielo, y, sobre todo, del afecto que siempre se tuvieron entre sí. También les expresó que él no tenía derecho de privarles a ellos ni a sí mismo de vivir esos momentos que, cuando somos grandes, nos rescatan con su recuerdo para acompañarnos y darnos fuerza. Contar el sueño fue parte del inicio del cambio; pero también lo fue el comenzar con lo que se volvió una costumbre familiar: relatarse recíprocamente los sueños mientras desayunaban, a veces durante la semana, a veces los domingos. Así lo hacen y lo han hecho las tribus de distintos lugares del mundo, pues se sabe que muchas veces uno no sueña sólo por el bien de sí mismo, sino también para el de aquéllos con quienes convive, o a quienes ama. (Me enorgullece saber que muchas familias o parejas han instalado esta costumbre comunicacional a partir de realizar los seminarios sobre sueños que tanto disfruto convidar. Periódicamente recibo e-mails compartiéndomelo, y refiriendo cuánto ayuda a la mutua escucha, a una comunicación lúdica, creativa, asombrada...)

¿Y qué sucede si uno no pasa a la acción lo comprendido, o bien si decodifica equivocadamente el mensaje onírico? Carl G. Jung nos diría que no nos preocupemos: el Inconsciente insistirá, enviando tantos sueños como sea necesario (repetitivos o no) hasta que modifiquemos nuestra actitud.

El escenario del sueño: hacia dónde mirar

Daré un breve ejemplo más: es bastante habitual que el escenario en que un sueño transcurre nos esté informando acerca del área sobre la que el Inconsciente está brindando su opinión. Este sueño, que revolucionó la vida de la soñante a partir de su área profesional, me parece una visión del Inconsciente tan contundente, que ni siquiera requerirá de interpretación. De hecho, Sara, la soñante, nos compartió por qué decidió, como Psicóloga, comenzar a formarse en este paradigma después de trabajar más de veinte años desde una escuela mucho más racionalista, en la cual la distancia entre paciente y terapeuta es un estandarte insoslayable. El relato del sueño dice: “Estaba yo en un consultorio, sentada sobre un diván sumamente incómodo y viejo, con el cuero todo carcomido; me encontraba esperando a la que se suponía era mi terapeuta (en verdad actualmente hago terapia con un varón). Sentía una enorme sensación de soledad, y una gran necesidad de ser escuchada y contenida; la espera se me hacía interminable. Entonces entraba al lugar, pero de espaldas, la que era mi terapeuta: yo sólo veía un gran sacón y un sombrero muy sofisticado, elegante, pero antiguo. Siento primeramente alivio de tener por fin quien me ayude. Pero cuando se da vuelta, veo que su rostro es como de mármol esculpido, sin expresión alguna, y cuando se quita el sacón tiene, en vez de camisa o vestido... una coraza de hierro. Se quita también el sombrero y luego se arranca la máscara de piedra. Entonces veo su verdadero rostro que era... MI rostro. Curiosamente, sentí tan profunda compasión por esa mujer-terapeuta, la vi tan carente de vida, tan poco humana, tan sola por ser tan distante... que desperté llorando, pero de ternura. Este sueño marcó un antes y un después en mi manera de trabajar con mis pacientes, así como en el decurso de mi formación. Pero fundamentalmente señaló un hito en mi manera de ser conmigo misma, pues con igual distancia y frío con que atendía a mis consultante, me relacionaba con mis propias emociones. Ese sueño fue la primera vez en que sentí legítima piedad por mí, siempre tan autoexigente, tan perfeccionista; por eso estoy aquí: para declararme libre de mí misma, de toda auto-opresión, pues sé que desde allí me genero soledad, y les dejo en soledad a mis propios pacientes, en cada encuentro.”

Sí: hay sueños tan movilizantes que, curiosamente, marcan un antes y un después en la vida del individuo, pues hasta pueden tener mayor nitidez, fuerza e impacto intrapsíquico que un evento de la vida vigil. También es cierto que a medida que una persona empieza a prestarle atención a los sueños, el Inconsciente parece sentirse escuchado, -por así decirlo-, y, generosamente, comienza a “enviar” sueños cada vez más claros, más contundentes, más fluidos. Como diría cualquier monje practicante del Yoga de los Sueños (propio del Tibet), todo es una cuestión de entrenamiento. También el dejarse cuidar por aquello que, desde adentro, sabe. §

Autora: Lic. Virginia Gawel, Directora del Centro Transpersonal de Buenos Aires

Imagen: Gustav Klimnt

Publicado por Centro Transpersonal de Buenos Aires

Atras   24.08.2010.


Dejarse cuidar por el Inconsciente

(*) ¿Qué es un sueño? Esta pregunta tiene muchas, muchas respuestas. Pero quisiera apoyarme especialmente en una de ellas, que nos inclina a pensar en un aspecto del mundo interno que la Psicología suele dejar de lado: un sueño, con frecuencia, es la opinión que nuestro Inconsciente emite sobre diversos aspectos de nuestra vida. En principio, este enunciado implica una mirada sobre el Inconsciente que se relaciona con cómmo éste ha sido concebido originariamente por las Psicologías de Oriente, y, posteriormente, por autores como Jung, Assagioli, Frankl... Esta mirada nos dice que el Inconsciente tiene una inteligencia propia, y es desde ella que puede enviarnos información sobre nosotros mismos.

La Psicología Transpersonal (reuniendo las visiones de Oriente y de Occidente) nos señala la existencia de un Inconsciente profundo que está más allá de traumas, conflictos, complejos... La opinión de ese Inconsciente puede ser sumamente valiosa para nuestra vida cotidiana, pues en él se guarda no sólo lo que hemos reprimido, olvidado, o apenas percibido subliminalmente, sino también conocimiento no aprendidos que manan del núcleo de ese Inconsciente: la Esencia, nuestro Sí Mismo (y si nuestro Centro es una porción del Todo... ¿cómo no habría de conllevar un Conocimiento innato, más hondo de lo que podríamos imaginar? Es ese Conocimiento con mayúsculas el que busca un meditador, un monje, un Buscador del Camino...). Si, tal como dicen las Tradiciones de Sabiduría de distintos pueblos y culturas, el núcleo de ese Inconsciente trae a este mundo un Sentido, un Destino a desplegar, un crecimiento a gestar... ¿cómo no va a emitir distintas señales para corregirnos, advertirnos, sugerirnos, animarnos, esclarecernos...? Sería natural imaginar que lo hiciera todo el tiempo, para ayudarnos a direccionar nuestra vida! Y lo hace. Sólo que necesitamos aprender a escucharlo.

Si leemos un sueño, entonces, como una opinión que nuestro Inconsciente guarda acerca de determinados aspectos de la propia vida, (y estoy hablando, como Psicóloga, de algo bien lejano al pensamiento mágico), comprender ese material onírico (en nuestra vida personal y, desde ya, en el rol terapéutico y si lo ejercemos) será vital para reformular de qué manera se está viviendo (sobre todo en el área a la cual el Inconsciente aluda), y qué rectificaciones convendría hacer para no seguir incurriendo en el error, desplegar lo mejor de sí, completar lo faltante.

Recuperar lo que aún no se ha perdido

Veamos un ejemplo que me regaló un participante de un Seminario virtual sobre sueños, hace ya varios años: Ernesto (47 años, participante de Uruguay, gerente de una importante empresa láctea, casado, con dos hijos varones de 9 y de 11) soñó lo siguiente: “Voy por la ruta conduciendo mi automóvil a toda velocidad, -como, lamentablemente, suelo hacerlo, en mi ansiedad por no llegar tarde a las funciones laborales que desempeño en distintas sucursales de a empresa-. Sé que es domingo, y -dentro de la lógica del mismo sueño- me extraña, pues, aunque estoy vestido de traje y corbata, llevo en el asiento trasero una cesta con sandwiches y pequeñas cañas de pescar, como para ir de pic-nic; sin embargo, voy solo, sin mi mujer ni mis niños. Siento que no tiene sentido pasar un día de campo tan bello solo y vestido así, pero, en vez de detenerme, la angustia hace que pise más aún el acelerador, sin comprender bien hacia dónde voy ni por qué estoy solo. Entonces me doy cuenta de que por salir apurado como cuando voy a la empresa (aunque es domingo) me los olvidé: me olvidé a mi familia en casa! Me enojo mucho conmigo, y entre angustiado e iracundo (tiendo a ser irritable) quiero pegar la vuelta, retornar sobre la ruta hacia casa; pero al doblar, veo que el camino está totalmente obstruido por una infinita manada de vacas que impiden toda posibilidad de regreso, y que, ciegas e impetuosas, corren hacia mi automóvil para aplastarme. Estalla el air bag, presionando mi estómago y mi pecho. Despierto agitado y con gran angustia.”

Elijo este sueño porque su lectura resultó simple y a la vez muy movilizante para el soñante: si bien los símbolos que aparecen en un sueño casi siempre remiten al mundo interno de ese soñante (y, de hecho, las vacas de Ernesto, que trabaja en una empresa láctea desde hace años, no significarán lo mismo que para el presidente de un Banco en vez del gerente de una empresa láctea, ni tampoco para quien esté leyendo estas palabras), es muy común que el modo en que manejamos un automóvil o cualquier otro medio de locomoción esté representando la manera en que conducimos nuestra propia vida, al menos en determinadas áreas (lo laboral, lo afectivo, la relación con nuestro propio cuerpo...). Vemos, así, que el que conduce el automóvil es otro y no nosotros mismos, que la ruta está atascada, que el coche se ve desvencijado, que no sabemos cómo dominarlo o cómo frenar...

En este caso, resumiendo la elaboración que atravesamos para comprender el sueño a partir de las impresiones y sentires del soñante, lo que él comprendió como mensaje final es: “Si te empeñas en seguir corriendo de aquí para allá, pensando en la empresa todo el día y aún en tu tiempo libre, perderás a tu familia, te quedarás solo, y cuando quieras volver, será tarde: la empresa habrá pasado por encima tuyo y habrá aplastado tu vida personal y tu salud (¿sería el air bag un símbolo bien gráfico de sus inflamaciones intestinales que le generaban frecuentes dolores hasta en el pecho?).” Respecto de esto último, estoy segura de que la Dra. Patricia Garfield (investigadora de las imágenes oníricas que el Inconsciente construyen en base a micro-percepciones de los trastornos orgánicos del soñante, diría que sí).

Pasar a la acción lo comprendido

Dice desde hace milenios El Talmud: “Un sueño que no es comprendido es como una carta que no ha sido abierta”. Comprender verdaderamente un sueño no es sólo interpretarlo: una vez interpretado, necesitamos pasar a la acción eso comprendido. En este caso, Ernesto fue generando un viraje en la cantidad de responsabilidades que estaba dispuesto a asumir en la empresa, para pasar más tiempo libre con su familia. Curiosamente o no, las inflamaciones intestinales cedieron al disminuir el stress permanente. Pero hay algo en particular que Ernesto hizo que me gustó mucho: una vez que trabajamos con su sueño (a distancia, con compañeros de experiencia diseminados por distintos países, pero todos atentos a lo que su Inconsciente le había regalado), para tomar real compromiso con la “carta” que había abierto, remitida por su Inconsciente, al día siguiente hizo una reunión especial con su esposa y sus hijos, y les contó no sólo lo que había soñado, sino lo que había comprendido gracias a su Inconsciente. Les dijo también que esa cesta con sandwiches y esas pequeñas cañas de pescar eran idénticas a la cesta que preparaba su mamá cuando él era niño y salían con su padre y su hermanita menor algunos domingos, siempre hacia algún arroyo diferente, a disfrutar del sol, del cielo, y, sobre todo, del afecto que siempre se tuvieron entre sí. También les expresó que él no tenía derecho de privarles a ellos ni a sí mismo de vivir esos momentos que, cuando somos grandes, nos rescatan con su recuerdo para acompañarnos y darnos fuerza. Contar el sueño fue parte del inicio del cambio; pero también lo fue el comenzar con lo que se volvió una costumbre familiar: relatarse recíprocamente los sueños mientras desayunaban, a veces durante la semana, a veces los domingos. Así lo hacen y lo han hecho las tribus de distintos lugares del mundo, pues se sabe que muchas veces uno no sueña sólo por el bien de sí mismo, sino también para el de aquéllos con quienes convive, o a quienes ama. (Me enorgullece saber que muchas familias o parejas han instalado esta costumbre comunicacional a partir de realizar los seminarios sobre sueños que tanto disfruto convidar. Periódicamente recibo e-mails compartiéndomelo, y refiriendo cuánto ayuda a la mutua escucha, a una comunicación lúdica, creativa, asombrada...)

¿Y qué sucede si uno no pasa a la acción lo comprendido, o bien si decodifica equivocadamente el mensaje onírico? Carl G. Jung nos diría que no nos preocupemos: el Inconsciente insistirá, enviando tantos sueños como sea necesario (repetitivos o no) hasta que modifiquemos nuestra actitud.

El escenario del sueño: hacia dónde mirar

Daré un breve ejemplo más: es bastante habitual que el escenario en que un sueño transcurre nos esté informando acerca del área sobre la que el Inconsciente está brindando su opinión. Este sueño, que revolucionó la vida de la soñante a partir de su área profesional, me parece una visión del Inconsciente tan contundente, que ni siquiera requerirá de interpretación. De hecho, Sara, la soñante, nos compartió por qué decidió, como Psicóloga, comenzar a formarse en este paradigma después de trabajar más de veinte años desde una escuela mucho más racionalista, en la cual la distancia entre paciente y terapeuta es un estandarte insoslayable. El relato del sueño dice: “Estaba yo en un consultorio, sentada sobre un diván sumamente incómodo y viejo, con el cuero todo carcomido; me encontraba esperando a la que se suponía era mi terapeuta (en verdad actualmente hago terapia con un varón). Sentía una enorme sensación de soledad, y una gran necesidad de ser escuchada y contenida; la espera se me hacía interminable. Entonces entraba al lugar, pero de espaldas, la que era mi terapeuta: yo sólo veía un gran sacón y un sombrero muy sofisticado, elegante, pero antiguo. Siento primeramente alivio de tener por fin quien me ayude. Pero cuando se da vuelta, veo que su rostro es como de mármol esculpido, sin expresión alguna, y cuando se quita el sacón tiene, en vez de camisa o vestido... una coraza de hierro. Se quita también el sombrero y luego se arranca la máscara de piedra. Entonces veo su verdadero rostro que era... MI rostro. Curiosamente, sentí tan profunda compasión por esa mujer-terapeuta, la vi tan carente de vida, tan poco humana, tan sola por ser tan distante... que desperté llorando, pero de ternura. Este sueño marcó un antes y un después en mi manera de trabajar con mis pacientes, así como en el decurso de mi formación. Pero fundamentalmente señaló un hito en mi manera de ser conmigo misma, pues con igual distancia y frío con que atendía a mis consultante, me relacionaba con mis propias emociones. Ese sueño fue la primera vez en que sentí legítima piedad por mí, siempre tan autoexigente, tan perfeccionista; por eso estoy aquí: para declararme libre de mí misma, de toda auto-opresión, pues sé que desde allí me genero soledad, y les dejo en soledad a mis propios pacientes, en cada encuentro.”

Sí: hay sueños tan movilizantes que, curiosamente, marcan un antes y un después en la vida del individuo, pues hasta pueden tener mayor nitidez, fuerza e impacto intrapsíquico que un evento de la vida vigil. También es cierto que a medida que una persona empieza a prestarle atención a los sueños, el Inconsciente parece sentirse escuchado, -por así decirlo-, y, generosamente, comienza a “enviar” sueños cada vez más claros, más contundentes, más fluidos. Como diría cualquier monje practicante del Yoga de los Sueños (propio del Tibet), todo es una cuestión de entrenamiento. También el dejarse cuidar por aquello que, desde adentro, sabe. §

Autora: Lic. Virginia Gawel, Directora del Centro Transpersonal de Buenos Aires

Imagen: Gustav Klimnt

Publicado por Centro Transpersonal de Buenos Aires

Atras   24.08.2010.

Cerrar